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Los jugadores de la selección celebran el tanto de la victoria de Kiko ante Polonia. Fotos Archivo EFE.

El gol de Kiko y la maldición de los cuartos de final

Javier Molina

Este martes se cumplen 25 años desde aquel gol de Kiko Narváez en la final olímpica de Barcelona 92. Con el Camp Nou abarrotado, el gaditano culminaba la remontada contra Polonia cuando el partido parecía condenado inevitablemente a la prórroga.

Los españoles llegaron a la final después de un torneo inmaculado con victorias dejando su portería a cero ante Catar, Egipto y Colombia. Lo mismo hicieron con Italia en cuartos y con Ghana en semifinales, a quienes apearon manteniendo su imbatibilidad.

La barrera insalvable

En la final, con el tiempo reglamentario ya cumplido, el balón llegó a los pies de Kiko tras un saque de esquina y un par de rechaces. Su tanto prometía convertirse en el impulso definitivo para una selección española que, en cada competición internacional, volvía a casa tras los cuartos de final. Sistemáticamente, aparecía la maldición de cuartos.

Sin embargo, aquella generación contaba con una mezcla de jugadores que se entendía a las mil maravillas sobre el césped. Josep Guardiola y Albert Ferrer venían, incluso, de proclamarse campeones europeos con el Barcelona ante la Sampdoria con aquel punterazo de Koeman en la prórroga.

En esa época, irrumpían los nombres de los deportistas sobre el número en que lucían en sus camisetas. Todos ellos ya contaban con un dorsal definitivo asignado previamente.

El codazo de Tassotti

No continuó el seleccionador, Vicente Miera, cuya destitución se acordó antes de la disputa de los Juegos Olímpicos. Le sustituyó en el cargo Javier Clemente quien dirigió a España en el siguiente Mundial, el de Estados Unidos 94.

Y de nuevo, los cuartos como tope. Esta vez, además, de la forma más cruel. Después de que Julio Salinas regateara a Pagliuca, el portero italiano, y mandara el balón a las nubes cuando el país ya celebraba su gol, llegó lo peor. Aún lamentando la ocasión marrada, Roberto Baggio marcaba a tres minutos del final y, ya en el descuento, Mauro Tassotti le rompía la nariz a Luis Enrique dentro del área.

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Luis Enrique muestra al árbitro las consecuencias del codazo de Tassotti.

Las lágrimas del asturiano, con su zamarra teñida de rojo por la sangre mientras clamaba al árbitro -España jugó de blanco-, simbolizaron a la perfección la impotencia del fútbol patrio, obligado nuevamente a hacer borrón y cuenta nueva. Sándor Puhl, el juez de la contienda fue, por cierto, premiado por la FIFA, que le eligió para dirigir la final del torneo.

Dos años más tarde, la Eurocopa de Inglaterra dibujó un guión similar. Con la resaca del doblete del Atlético de Madrid aún en la retina, los aficionados soñaban, una vez más, con derribar la maldita barrera de la antepenúltima ronda. En esta ocasión el verdugo fue la selección anfitriona cuyo guardameta, David Seaman, se hizo grande en la tanda de penaltis. También hubo olimpiada, aunque España no llegó a superar la fase de grupos.

La mano de ‘Zubi’ contra Nigeria

En Francia 98 la ilusión se esfumó a las primeras de cambio. Semanas después de que el Real Madrid conquistase una Copa de Europa en la que vivió hasta la rotura de una de sus porterías, la Roja prometía una gran actuación pero no fue así. Con Zubizarreta como protagonista al convertir en gol un centro inofensivo de Nigeria, la selección no recuperó el rumbo y, a pesar de golear a Bulgaria por 6-1, se despidió dejando tras de sí un regusto amargo.

Meses después, con el inicio de la clasificación para la Eurocopa del 2000 en Bélgica y Holanda, la sonrojante derrota contra Chipre acabó con el crédito de Clemente, que se vio obligado a dimitir.

La Federación puso al timón a José Antonio Camacho, que dirigió a la selección durante uno de los encuentros más emocionantes de su historia.

Los penaltis, otra vez

El cronómetro amenazaba con adelantar el billete de vuelta para una España que, superados los noventa, perdía con Yugoslavia por 3-2.  Sin embargo, un penalti de Gaizka Mendieta ponía las tablas en el marcador y casi a continuación, cuando el partido expiraba, Alfonso, inconfundible por sus botas blancas, enviaba a la red el esférico para firmar una remontada épica.

Con Francia como rival en cuartos, la selección española jugó de tú a tú con la entonces campeona del mundo. Con Mendieta, el especialista desde los once metros sustituido, el árbitro decretó pena máxima a favor de los de Camacho. Un joven Raúl González asumió la responsabilidad pero el balón se marchó por encima de la escuadra derecha de Fabien Barthez, el portero galo, y con él las esperanzas del equipo..

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Alfonso celebra el 4-3 final ante Yugoslavia en la Euro 2000.

Además en los Juegos Olímpicos de Sidney, España se quedaba a las puertas de emular el hito alcanzado ocho años atrás. Sólo la Camerún de Samuel Eto’o, también en la tanda de penaltis, apartó del oro al grupo dirigido por Iñaki Sáez.

En ese 2000, el del efecto informático homónimo que tanto temían las compañías de medio mundo, La Coruña celebraba la herencia del SuperDépor de Arsenio Iglesias con la conquista de la liga. Entrenados por Javier Irureta, la época dorada del conjunto coruñés mostró en los campos nacionales la magia de Fran, Makaay o Valerón, entre muchos otros.

El gol anulado de Morientes a Corea

Y la década la completa otro Mundial, el de Corea 2002. Allí, después de una brillante fase de grupos, la selección se topó con Irlanda en octavos. El empate a uno resultó inamovible en la prórroga así que España acudió, con su historial a cuestas, a los penaltis. En ese punto, Iker Casillas, ahuyentó los fantasmas y firmó el pase a cuartos donde esperaba Corea del Sur, la anfitriona.

El equipo coreano venía de eliminar a Italia en un cruce no exento de polémica por las decisiones arbitrales, una tendencia que se disparó contra la selección española.

El culmen llegó con el certero cabezazo de Morientes a centro de Joaquín. El trencilla anuló erróneamente el tanto al considerar que el balón había traspasado la línea de fondo. El desenlace, por familiar, no dejó de ser doloroso. Los penaltis apartaron de las semifinales a un equipo que no mereció perder. Con el pitido final, Iván Helguera salió como un resorte a por el árbitro pero la eliminación ya era irremediable.

Ese mismo año, la pizarra de Rafa Benítez otorgaba al Valencia el título nacional completando un decenio con variedad de campeones. Y es que de los nueve clubes que han inscrito su nombre en el palmarés nacional, cinco lo hicieron en ese periodo de tiempo.

El ascenso a la gloria

Camachó renunció y aterrizó Iñaki Sáez, avalado por su gran trabajo en las categorías inferiores, que fracasó en la Eurocopa de 2004. Llegó entonces Luis Aragonés, que también se estrelló en su primera cita internacional, el Mundial de Alemania 2006. La Francia de Zidane, que se retiró a la conclusión del torneo, pasó por encima de España en octavos.

Pero Luis se mantuvo en el cargo en contra de gran parte de la opinión pública. Las derrotas ante Irlanda del Norte y Suecia en el camino a la Eurocopa provocaron que, de puertas para adentro, la selección se conjurara y rompiera de una vez con su devenir negativo.

El destino, caprichoso, examinó de nuevo a la selección en la siguiente cita situando enfrente un rival de altos vuelos: Italia. Y cómo no, en los penaltis. Un ajustado lanzamiento de Cesc Fábregas batió a Buffon para derribar la historia e iniciar una reconversión que condujo a España a ser la envidia del fútbol mundial.

La sangre de Luis Enrique, las injusticias arbitrales y las eternas ilusiones rotas pasaron a ser una mera piedra en el camino a la gloria, recogiendo el testigo de aquel gol de Kiko en el verano de 1992.

practicodeporte@efe.es

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